La carta
Víctor Ulín
Sobre la mesa encontró un pedazo de papel arrugado. Llegó a casa en la noche como todos los días después del trabajo.
Tomó el papel y lo abrió. Lo comenzó a leer y antes de terminar la última línea comenzó a llorar. Apretó los dientes para que no se le saliera el dolor de la boca.
La casa ahora le parecía muy grande. El silencio ruidoso y el vacío profundo.
Tenía la sensación de un fantasma huésped: de habitar una casa que no era suya.
Le hacía falta la voz de Karla. Era lo último que escuchaba cuando salía de casa y lo primero cuando regresaba. Se echaba a sus brazos apenas abría la puerta para recibirlo y darle un beso.
Acaricia el pedazo de papel.
Lo mete en su puño.
Lo aprieta.
Karla llegó a su vida cuando a Pedro el mundo se le escabullía.
Nunca le importó que casi le doblara la edad.
Karla venía de una separación que no terminaba aún en el divorcio.
Un matrimonio de casi 20 años, sin hijos, donde lo único que los vinculaba era la rutina y ese primer amor que muchas veces no se olvida.
Ahora estaba sola sentada en una cafetería que nunca visitó con su esposo, pero que le hubiera gustado. Justo enfrente de Pedro.
Estaba en una mesa fumando, viendo el hilo del humo esfumarse al cielo.
Él mirándola.
Fue de repente. Dos miradas que se encuentran sin buscarse.
Pedro tomó su café y caminó hacia la mesa de Karla.
-¿Me puedo sentar?
-Claro
Karla era principiante tomando café, le confesó. Ahora que se había separado de su esposo le dio por salir a la cafetería y fumarse una cajetilla de cigarros.
Venía al café para no salir corriendo a tirarse bajo un autobús. Desde que se separó no ha dejado de llorar.
Los chistes de Pedro le expulsaron la tristeza. Fueron unos minutos y parecía que habían sostenido varias citas. La siguiente fue en un restaurante. Uno al que Karla había querido ir antes.
Por un instante vio la cara de su esposo en la de Pedro.
Caminaron por parques que Karla no conocía y sin que lo notaran empezaron a juntar sus manos. A veces ella lo soltaba abruptamente, como si el pasado tuviera ojos.
En casa se besaban como dos jóvenes que no quieren soltarse. Se tiraban al suelo sin desatarse mientras se iban desnudando y arrastrándose hasta el cuarto.
Pedro mira para todos lados como buscando a Karla.
No quiere levantarse de la silla. No quiere tampoco abrir la puerta del cuarto. Si lo hace, piensa, borraría del piso las huellas de Karla. Se fugarían sus voces. Se esfumaría su olor. Tampoco quiere meterse al baño. Ni decir palabra.
Pedro no deja de llorar y de arrugar más el papel que Karla le dejó en la mesa.
Lee de nuevo las últimas tres palabras de la carta:
-Volví con él.


