Espejo Citadino/
Lalo
/Víctor Ulín/

Quedó petrificado frente al espejo.
La imagen que se estaba reflejando no se parecía a la de él.
Se espantó de verse.
Tenía los ojos hinchados, con las venas rojas. El cabello descompuesto.
No se había dado cuenta que seguía desnudo y que podía verse el tatuaje que tiene en el pecho con las iniciales de su nombre y el de Lalo, en medio de un corazón atravesado por una flecha y una pequeña gota de sangre cayendo, suspendida.
Se acaricia el tatuaje mientras intenta arrancarlo con sus uñas pintadas de rojo.
Atrás de él, estaba Lalo, como dormido. Con los ojos abiertos.
Muchas veces le dijo que era el amor de su vida. Lalo se ruborizaba y le regresaba el piropo con un beso.
-Tú estás loco, hay muchos como yo. Al rato igual y me cambias por otro.
A simple vista, eran la pareja perfecta. Nada tenía por qué ser diferente. Es lo que pasa por la mente ahora de Mauricio frente al espejo. Balbucea. Se da de golpes en la cabeza como reviviendo recuerdos.
-Lalo, Lalo, Lalo-, como si estuviera repasando el nombre para no olvidarlo.
Vivían juntos. Ninguno de los dos le había informado a sus padres. No para pedirles permiso. Sino como cortesía.
Estaban tan enamorados. Para donde iban se tomaban de la mano y se besaban. Eran dos almas gemelas desafiando su tiempo.
Es lo que más intrigó a Mauricio el día que le mandó Lalo el último mensaje.
Cuando regresó del trabajo a la casa, Lalo no estaba. Se había ido sin dejar una carta.
Había vaciado el clóset. Se había llevado sus vidas en la maleta.
A Mauricio el mundo se le hizo chiquito. Qué haría ahora sin Lalo, pensaba.
-¡Maldito, maldito!
Corrió al cuarto. Se tiró sobre la cama en la que ahora está Lalo. Lloró sin parar.
Se quedó dormido hasta el día siguiente. Soñó con él, eran felices. Le había pedido en el mensaje que le respondió, que se vieran una vez más.
Merecía una explicación.
Lalo tardó en responder.
-Está bien. Pero será solo un momento .
Mauricio tuvo una sensación agridulce cuando leyó el mensaje. Seguía llorando. Sentía que algo se le estaba acumulando adentro sin saber qué. Era una sensación como de gusanos.
Contaba los minutos para ver a Lalo. Se pondría la ropa que habían comprado en Zara la última vez que fueron a la plaza comercial.
Ese día Mauricio, cuando estaban comiendo en un restaurante, le tomó las manos y le dijo: Te amo, te amo, te amo. Se besaron como si estuvieran solos y no frente a decenas de miradas.
El sábado se levantó muy temprano. Arregló la casa. Se vistió. Se perfumó.
Se sentó en la sala a esperar, mientras fumaba un cigarro y tomaba un tequila doble.
Aprovechó para ver su álbum digital de fotos con Lalo. Los viajes que hicieron. Su luna de miel.
Se detuvo en la imagen en la que se comían un helado. A los dos les gustaba el chocolate y la fresa.
Dio un salto del sillón cuando escuchó el timbre y caminó despacio a la puerta. Vio por la mirilla que era Lalo.
Abrió.
Lo conocía muy bien.
Apenas pasó de la puerta y se lanzó sobre él, que se dejó besar. No le dijo nada. Mauricio lo tomó de la mano y los dos caminaron al cuarto.
Parecía su primera vez.
Lo volvió a besar mientras se dejaban caer juntos y se iban quitando la ropa al mismo tiempo.
Se trenzaron en un solo cuerpo.
Lalo cerró los ojos con la confianza que le habían dado los años de vivir en esta casa.
Mauricio estiró la mano y la metió debajo de la almohada.
Fue solo una punzada lo que sintió Lalo antes de intentar quitarse el cuerpo de Mauricio y de querer levantarse. Pero no pudo detener la seguidilla de puñaladas. Se quedó mirando al techo con las dos manos extendidas, ensangrentadas. Quedó en esta pose, como dormido.
Mauricio, temblando, se puso de pie frente al espejo, con el cuchillo en sus manos y manchado.
-Te dije que eras el amor de mi vida,- sisea Mauricio, llorando, mientras se mira en el espejo, antes de empuñar y empujar hacia su pecho el cuchillo, justo del lado izquierdo de su corazón.

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