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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El aspirante

Una noche cualquiera de la década de los 80 me encontraba platicando en el parque Hidalgo con Marco Antonio Gómez Flores (Chacatata), y José Jorge Sánchez Rosales (Pinochet). Los tres estudiábamos en el Colegio de Bachilleres Plantel 5 de Cárdenas. En un momento dado Chacatata y yo nos despedimos, porque al día siguiente muy temprano iríamos a entrenar, pues jugábamos en el equipo de futbol de la escuela. ¿A qué horas llegan a correr a la deportiva?, preguntó muy interesado Pinochet. Le informamos que a las seis de la mañana, y nos pidió el favor de que pasáramos a buscarlo a su casa, porque quería comenzar a hacer ejercicio. Nos extrañó, porque José Jorge no practicaba ningún deporte y era altamente sedentario. El caso es que a la hora acordada estábamos tocando a la puerta de su domicilio. Salió don Miguel Sánchez, su padre, que se preparaba para abrir un puesto de zapatos en el mercado. “Hola muchachos, ¿que andan haciendo tan temprano?, nos preguntó don Miguel. Le explicamos el motivo. “Pero si José Jorge jamás ha corrido ni cien metros, y se levanta todos los días a las nueve de la mañana”, nos respondió sorprendido. Pero fue y lo levantó. Salió Pinochet envuelto en una colcha, sólo se le podían ver los ojos. Semi despierto nos dijo: “¿Qué quieren?”. No te hagas que nos pediste que viniéramos por ti para ir a correr, le recriminamos. “Es cierto, pero hay mucho frío”. Para tratar de animarlo le dijimos que era una mañana esplendorosa, que el día era ideal para hacer ejercicio. Volteó a ver hacia el cielo y nos respondió tajante: “No les quito su idea, la mañana es muy bonita, pero yo tengo mucho frío y sueño”, dijo, y cerró la puerta.

› Por si nos no creen

En las inundaciones de 2011 se originó una pugna entre los gobiernos estatal y federal por el asunto del número de damnificados, que el gobernador Andrés Granier Melo decidió cortar por lo sano. Resulta que Granier declaró en una reunión de la unidad de Protección Civil del municipio de Cárdenas, que las torrenciales lluvias hasta el momento ya habían dejado más de 50 mil damnificados en el estado. Protección Civil del gobierno federal, consideró que la cifra no era real, salió a refutar y dijo que eran menos los afectados por las anegaciones. Al enterarse Granier de las declaraciones de las autoridades federales, dijo tajante. “Bueno, si no nos creen, que vengan a contarnos”.

› El aficionado

Cierto día el taxista de Cárdenas Mauro “El Bigote” Meza, aficionado a la pelota caliente, se encontraba con un grupo de tabasqueños comiendo en un restaurante cerca del parque de béisbol del Seguro Social en la ciudad de México, después de un juego entre los equipos Plataneros de Tabasco y Diablos Rojos. Ya se había tomado unas cervezas cuando mi primo Antonio Javier López Camposeco, le avisó que en una de las mesas contigua estaba el narrador de béisbol Oscar “Rápido” Esquivel. “¿Seguro que ese es el Rápido Esquivel?”, preguntó El Bigote. Le confirmaron que efectivamente se trataba del famoso cronista. Entonces se puso de pie y camino algunos pasos, hasta pararse frente a la mesa del locutor. “¡Rápido Esquivel!, yo te escucho siempre allá en Tabasco, mi tierra, eres un chingón”, le espetó, mientras le extendía la mano para saludarlo afectuosamente. El Bigote sacó un paliacate que acostumbraba traer en la bolsa trasera del pantalón. Se limpió la cara, y tras guardar el pañuelo, le dijo a boca de jarro. “Don Rápido, es usted un gran chingón, pero sabe qué, al Mago Septién se la Pérez Prado”, expresó, mientras hacia señas obscenas con las manos.

› El que se sentía al cien

El contador de Papiro, Marco Antonio Gómez Flores, Chacatata, fue a Salina Cruz, Oaxaca donde consultó a un médico que le aplicó células madres, por lo que llegó a Cárdenas diciendo que se sentía de maravillas. Me lo encontré en la cabecera municipal de Cárdenas, justo tres días después de haber llegado de Oaxaca. “¿Cómo te fue con el médico?”, le pregunté. Me platicó entonces que el doctor aquel era una maravilla. “Me siento al cien hermano”, dijo y empezó a contar que después de que le pusieron el dichoso suero tenía hasta ganas de correr. Caminábamos hacia el sitio de taxis con el propósito de abordar una unidad que nos trasladaría a sus oficinas en la colonia Loma Bonita. Volvió a insistir: “de veras, me siento al cien…”. Al ver su entusiasmo le pedí la dirección del médico. Comenzó a buscarse en las bolsas de la camisa, luego en las del pantalón, “¿Dónde dejé la receta?, ¿a quién se la di?, ¿dónde la puse, coño?, de veras que no recuerdo”, decía mientras se rascaba la cabeza. “Bueno, qué pasa, si te sentías al cien”, le reproché.

*Algunas de las anécdotas son vivencias del autor, pero otras han sido narradas a esta sección por lugareños a quienes les agradecemos su colaboración

 
 
 

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