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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› ¿Para eso me trajiste?

Fue mi amigo José Frías Cerino quien cierto día me invitó a la ciudad de México con el propósito de presentarme al licenciado Arturo Núñez Jiménez, entonces subsecretario de Gobernación. Frías era colaborador de todas las confianzas del político tabasqueño. Desayuné con Núñez Jiménez en un hotel cerca de la estatua del Caballito. Luego del encuentro con el funcionario federal, me fui con Frías a la plaza Coyoacán donde se nos pasó el tiempo volando comprando libros y algunas chucherías. Cerca de las cuatro de la tarde nos enfilamos hacia el hotel Gillow, donde estábamos hospedados. Cuando caminábamos por las calles del Centro Histórico le pedí apurarnos porque el hambre apretaba. No obstante mi oposición Frías se encaprichó para que pasáramos a ver algo que me gustaría mucho. “No, amigo, tengo muchísima hambre, vamos mejor a comer”, le dije. Pero insistió: “Quiero que veas algo, que sé te va a encantar”. Ante su insistencia y pese a que prácticamente moría de inanición y me dolían los pies de tanto caminar, acepté atravesar varias calles con mi amigo. De pronto llegamos a un punto cerca del zócalo, donde a través de un andador se apreciaba la zona arqueológica del Templo Mayor. Frías, amante de todo lo que fuera cultura, extendió los brazos hacia el cielo y mirándome, lleno de orgullo expresó: “¡Mira esta maravilla René!”. Volteé de reojo a ver las ruinas, y muy serio le dije: “Coño, para eso me hiciste caminar tanto, para ver estas piedras viejas, vámonos a comer hermano”. Frías abrió los ojos desmesuradamente, miró hacia las ruinas, luego fijó su mirada en mi rostro, y volvió a extender los brazos hacia el cielo, al tiempo que comenzó a gritar: “¡No puede ser, no puede ser!”.

› Mi trabajo me costó

Un día sábado del mes de diciembre se reunió un grupo de amigos en un lugar de Cárdenas para compartir el vino y el asado. La fiesta estaba en todo su apogeo, y el tema que prevalecía era el político, pues entre los comensales se encontraba el diputado Armando Beltrán Tenorio, aspirante a la alcaldía de ese municipio. Al calor de las copas mi primo Javier López Camposeco se acercó a donde estaba el petrolero jubilado, Arístides Santiago Hernández, ingeniero químico de profesión, a quien al momento de saludarlo con afecto le dijo: “Hola Pichancha, tiempo sin verte cuñao”. El aludido soltó el taco de carne asada que sujetaba en una de sus manos y airadamente le reclamó al primo: “Oyes Javier, ¿por qué me dices Pichancha?”. Al escuchar el reclamo, le aclaró: “Mira, la verdad, no pensé que te molestaras que te dijera Pichancha, así te he llamado toda la vida, pero discúlpame si te ofendí”. Pichancha lo abrazó y le dijo entre risas: Dime “ingeniero Pichancha”, que me costó trabajo cursar la carrera.

› El Amparo

En el mes de diciembre se presentaron en mi domicilio tres trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, supuestamente sólo para revisar un nuevo medidor digital que habían instalado días atrás. Fue sólo un pretexto, porque luego de cederles el paso para que ingresaran hasta donde está colocado el equipo que mide el consumo de energía, me dijeron que tenía varios adeudos. “Ya lo sé, precisamente estoy en resistencia civil, porque me vienen muy caros los recibos”, les expliqué. Uno de ellos me dijo tajantemente “le vamos a cortar la luz”. Lo encaré y le solté: “permíteme amigo, no me puedes cortar”. Sorprendido por la seguridad con que le hablé, el empleado de la CFE preguntó: “Por qué no te puedo cortar”. “Porque tengo un amparo”, le respondí. Muy orondo entre a mi domicilio para mostrarles el dichoso amparo. Entonces les di a leer un documento que me había entregado el PRD, y que hacia algunos meses guardaba celosamente para cuando llegara este momento. El amparo aquel estaba firmado por los senadores Arturo Núñez Jiménez y Rosalinda López Hernández, además de diputados federales, locales y dirigentes del partido. Cuando vieron la hoja aquella con el logotipo del PRD, sin chistar uno de los electricistas dijo: “¡Esto vale madres!”. Desconcertado por tremenda osadía le repliqué. “Cómo te va a valer madres, si ahí están las firmas del senador Aturo Núñez y de la senadora Rosalinda López”. “¡Eso vale madres!”, volvió a repetir. Y, les valió madres el amparo que tanto guardé bajo llaves.

› La propina

Luego de reportear durante buena parte del día, al filo de las cuatro de la tarde, en compañía de Rodulfo Reyes, entonces corresponsal del diario nacional El Financiero, nos fuimos a comer mondongo y los tradicionales sándwich de empanizados en la legendaria lonchería Naricita, que estaba cerca del parque Juárez de Villahermosa. El mesero se esmeró en atendernos, pues a cada rato lo llamábamos para solicitarle sal, más salsa, horchatas, servilletas, palillos. Al final de la suculenta comida, nos cooperamos para pagar la cuenta. Rodulfo me dijo que la propina la daría él. Mientras me fui a lavarme las manos, mi compañero se quedó en la mesa pagando la cuenta. Cuando salí del baño, él ya estaba en la puerta. Lo alcancé, y ya ahí, de espaldas hacia el interior del restaurante, me dijo: “voltea a ver al mesero”. Sin saber por qué me pedía aquello, lo hice, y al voltear hacia donde estaba la persona que nos atendió, observé que su rostro era nada amigable. Al verme estiró el brazo izquierdo, y al tiempo de pasar el brazo derecho por encima del izquierdo, dobló este último cerrando los puños, en clara señal de una sonora mentada de madres. “¿Por qué se enojo el señor?”. Pregunté inocentemente a Rodulfo, quien sin aguantar la risa, me dijo que le había dejado de propina una moneda de cincuenta centavos.

 
 
 

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