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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› Alcalde con mala fama

Las inundaciones de este año me llevaron a reportear la contingencia en el municipio de Jonuta, el más golpeado por las corrientes del río Usumacinta, acudí en compañía de Roberto Barbosa, corresponsal de El Universal. Luego de recorrer varias comunidades incomunicadas por carretera, arribamos al filo de las seis de la tarde a la cabecera municipal. Como era muy tarde para venir a escribir a Villahermosa, decidimos redactar en ese lugar, por lo que nos dispusimos a buscar un café Internet. En eso andábamos cuando nos encontramos a Raúl Ojeda Zubieta, ex candidato a la gubernatura por el PRD. Después del saludo, el político y ganadero nos condujo en su camioneta a un Internet. Acordamos que al terminar de escribir iríamos a verlo para tomar un café y platicar. A eso de las nueve de la noche llegamos a la casa de Ojeda. Aunque las luces estaban apagadas, reconchados a la reja estaban platicando dos hombres de edad madura. Barbosa les preguntó: “¿será que está el licenciado Ojeda?”. Uno de ellos respondió: “no, porque no está su camioneta”. Pero Barbosa se dio cuenta que la reja de la entrada al domicilio estaba abierta de par en par y me comentó: “¡mira René!, ahí debe estar, porque la reja está sin candado”. Entonces, el reportero de El Universal le dijo a los lugareños: “¿pero si no se encuentra Ojeda, por qué dejó el portón abierto, pueden entrar ladrones?”. A lo que le respondieron: “¡Ay hermano!, aquí nadie roba, aquí el único que roba es el presidente municipal”.

› La crisis ahorca pero…

Cierto día iba caminando por una de las calles del centro de Villahermosa el periodista Armando Guzmán, corresponsal de la revista Proceso, cuando de pronto escuchó que decían: tío, tío, tío. Volteó, y no vio a ningún conocido. Decidió seguir caminando, pero otra vez escuchó: tío, tío, tío. Fue cuando se percató que la voz provenía de un muñeco del Doctor Simi, que estaba parado en la puerta de una farmacia Similar. Armando espió hacia adentro del rostro del muñeco, y en efecto, identificó a su sobrino, y le dijo: “¿qué carajo haces ahí muchacho?”. A lo que su familiar le contestó: “es que la cosa está dura, tío”.

› Los animales vetados

Los cardenenses César Elías Ávalos, y sus hermanos, Carlos, Salomón, Esteban, así como José del Carmen Prieto, Antonio Fuentes, Alejandro y Joaquín González, estudiaban en el Distrito Federal, donde vivían en la colonia Del Valle. En una ocasión los visitó su paisano Antonio Fernández Martínez (Toñón), quien en esos años soñaba con pertenecer a la Policía Federal de Caminos. Los invitó a todos a pasear en el Bosque de Chapultepec. Después de divertirse durante un buen rato en el que Toñón les volteó una lancha en el lago, de la que salieron todos mojados y batidos de lodo, decidió llevarlos a la Montaña Rusa. Les compró boletos a todos, pero al momento de entrar, se detuvo, y digiriéndose a Antonio Fuentes, Alejandro González y Joaquín González, a quienes les apodan La Garza, La Pava y El Zorro, respectivamente, les ordenó: tú, tú y tú, no entran, y les señaló un letrero que decía: prohibida la entrada a los animales y mascotas.

› Cómo han pasado los años

También por la contingencia estuve en las rancherías Nicolás Bravo y Punta Brava de la localidad de Paraíso. En esa zona, con decenas de viviendas anegadas, me encontré a Alberto Gil, (Betico), un amigo de infancia de Cárdenas, al que tenia unos 20 años sin ver, quien estaba muy pendiente del reparto de las despensas. Nos saludamos efusivamente y le pregunté: “¿qué, vas a ser candidato y andas en campaña?”. Me explicó entonces que estaba acompañando a su esposa, la presidenta del patronato de la Cruz Roja en Comalcalco. Mientras caminábamos junto al contingente de activistas que repartían los víveres, platicamos de amigos en común y de nuestro querido terruño. En un momento de la charla, quise presumirle que a mis años aún jugaba futbol en la Liga Supermaster de Cárdenas, donde la edad permitida es a partir de los 47 años: su repuesta fue dura y a la cabeza: “para qué andas haciendo esa pendejada, ve si te quiebran una pierna, al hospital vas a ir a dar”. Como me había quitado los zapatos y calcetines, debido a que se mojaron, con dificultad caminaba en el pavimento. Mi amigo, me observó y dijo: “¿y ahora, por qué caminas así?, si tú corrías sin zapatos en la calle La Bolsa”. Qué bueno que no nos hemos visto en 20 años, comenté para mis adentros.

 
 
 

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