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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El poeta dolido

Dámaso Sanz estaba muy entusiasmado con las recientes poesías que había escrito y cada día se sentía muy cercano a emular a Neruda. Resulta que cuando los amigos que nos reuníamos todas las mañanas en el café del hotel Miraflores de Villahermosa, se marchaban, me leía sus más recientes composiciones para que le diera mi punto de vista. De ese modo, ya había acumulado un gran número de rimas, décimas y sonetos que guardaba celosamente en una vieja libreta. Un día se acercaron a la mesa del café unas amigas que estudiaban en la universidad. Para ese momento, me encontraba únicamente acompañado de Dámaso, por lo que procedí a presentarles a las estudiantes. Tratando de dejar lo mejor parado a mi amigo antes las visitantes, dije en tono orgulloso: “Miren, el es Dámaso, un aficionado a poeta”. En todo el tiempo que estuvieron las amigas en la mesa, Dámaso no abrió la boca, sólo para despedir a las universitarias. Cuando se fueron, me reclamó muy dolido: “Me acabaste con eso de aficionado a poeta”. Nunca más me leyó una de sus obras.

› Buena estrategia

Cuando el hoy pediatra cardenense César Elías Avalos estudiaba la carrera de medicina en el Distrito Federal, en una ocasión decidió dar una fiesta en su domicilio con el propósito de reunir en ella a puros tabasqueños radicados en la ciudad de México. Ya en pleno apogeo del festejo se dio cuenta que habían algunos rostros desconocidos. En efecto, aprovechando la algarabía de los chocos, algunos extraños se habían colado a la reunión. Pero a César Elías se le ocurrió una estrategia para descubrir a los intrusos. Fue entonces cuando alzando la copa, grito a todo pulmón: “quiero que por favor, en este momento, se arreconchen todos a la pared”. La mayoría de los asistentes entendieron claramente el lenguaje tabasqueño y de inmediato se pegaron a la pared, menos aquellos chilangos que se habían colado a la fiesta, y que en su vida habían escuchado la palabra “arreconchar”.

› Sólo existe en su cabeza

Una mañana cualquiera Dámaso Sanz estaba de pie, frente a un mapa de la República Mexicana, que en ese tiempo las autoridades habían instalado frente a la Casa de los Azulejos a fin de orientar al turismo. Dámaso tenía ya un buen rato buscando y rebuscando entre las localidades del sureste del país señalados en aquel documento. Se hincaba una y otra vez y se volvía a parar, acercando cada vez más el rostro al mapa aquel. Entonces lo vio Laureano Naranjo, quien lo estuvo observando un buen rato, sin que se percatara Dámaso. Al cabo de unos minutos le preguntó: ¿qué es lo que buscas con tanto afán en ese mapa? Sin voltear a ver al de la voz, Dámaso le respondió: “Es que estoy tratando de ubicar, dónde está Catazajá”. (Dámaso es nativo de esa localidad de Chiapas). A lo que Laureano le dijo con sarcasmo: “Olvídate, Catazajá sólo existe en tu cabeza”.

› El rostro de la pantera

Andrés Vera Brito, La Cangreja, fue un personaje muy popular en el municipio de Cárdenas. Tenía la particularidad de ser alegre y de vacilarse con todo mundo. Era delgado, güero y de ojo azules. No podía pasar inadvertido un defecto físico: tenía su boca un poco torcida, que se le pronunciaba más cuando hablaba, y se le entendía con dificultad; además de chimuelo era notorio su rostro cundido de acné. En las fiestas de carnaval siempre participó con al famoso Club Uco (Unión Carnestolendas Organizada). En un desfile de carnaval se disfrazó de la Pantera Rosa, por lo que durante el tradicional paseo por las calles de la ciudad, se paró frente a un grupo de niños que estaban con sus mamás, y comenzó a bailarles con la intensión de asustarlos. Al ver a la pantera aquella los niños empezaron a llorar. Entonces, preocupado por lo que acababa de provocar, La Cangreja se despojó rápidamente de la máscara de Pantera Rosa, y tratando de calmarlos se acercó los pequeños: “no che achusten, choy yo, Andrés”, les dijo con su dificultosa voz. “Aaaayyyyyy”, fue el grito que pegaron los niños al ver a aquella persona sin la careta, y ya no solo lloraron, sino que también temblaban del miedo y se abrazaron fuertemente a sus mamás; otros de plano salieron corriendo del terror que les provocó ver a la pantera sin máscara.

 
 
 

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