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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El quiropráctico

Sucedió en el año 1994, cuando me encontraba cubriendo las campañas electorales del priísta Roberto Madrazo y del perredista Andrés Manuel López Obrador, que se disputaban la gubernatura del estado, y un día cualquiera me comenzó a atacar un fuerte dolor entre pecho y espalda. Alguien en un café me recomendó a un quiropráctico, que tenía su consultorio en la carretera a Nacajuca: “¡es buenísimo!”, me dijo la persona aquella. Fue entonces cuando le pedí el favor a Rodulfo Reyes, que para esas fechas se desempeñaba como corresponsal de El Financiero, y el compañero reportero de inmediato se interesó porque él también tenía molestias en las rodillas. Me llevó, pues, en su camioneta a consultarlo. Cuando le expliqué el problema, el especialista me pidió quitarme la camisa y que me acostara boca arriba. El doctor aquel prácticamente se sentó sobre mi estómago y comenzó a golpearme el pecho, a jalotearme el cuello para todos lados, así como a doblarme y estirarme los brazos con tantas fuerzas, que varias veces me tronaron las coyunturas. Terminé todo magullado y con más dolores que con los que había entrado. Al salir Rodulfo comenzó a preguntarme: “¿cómo te sientes?”, “¿ya estás mejor?”, “¿es bueno el médico”?. Entonces, aún todo adolorido, malosamente se me ocurrió decirle: “¡es buenísimo este hombre!”, “¡qué masajes!”, “¡qué bárbaro!”. De inmediato el corresponsal de El Financiero me pidió que lo esperara y solicitó consultarlo. A los cinco minutos se escuchaban hasta la colonia Tierra Colorada los gritos de Rodulfo. Cuando salió del consultorio, prácticamente arrastrando una pierna me dijo: “¡Qué cabrón eres!, por poco y me mata este doctorcito”.

› Hasta el pozol tiró

Aquella tarde de sábado el albañil Nato Joloche estaba feliz disfrutando un pote de pozol, pues a eso de las cuatro de la tarde, en una colonia de la ciudad de Cárdenas, acababa de concluir la construcción de una casita con un cuarto en la parte trasera. Se soplaba con un enorme sombrero de paja mientras disfrutaba buche a buche la refrescante bebida regional. Pero el motivo de su radiante felicidad es que se había ganado unos pesos extras, pues en las esquinas de los cuartos en vez de varilla había utilizado palos de jahuactec, estimando que soportarían el peso de la pequeña construcción. Al llegar el dueño de la propiedad le preguntó a Nato Joloche cómo había quedado el trabajo: “Muy bien jefe, ya tiene usted aquí su casita”, le informó Nato, mientras movía con su mano el pote de pozol. En el momento que Nato tomaba otro buche de su bebida, el dueño de la casa le dijo: “Bueno, Nato, te traje cuatro hamaqueros que quiero que me pongas en cada una de las esquinas del cuarto”. Cuando escuchó aquello que no esperaba, Nato tiró la bocanada de pozol que acababa de ingerir.

› Por andar de trovador

Don Refugio Escobar era un personaje típico de Cárdenas de aquellos tiempos, que solía sentarse en la puerta de su casa sobre un sillón, especial llamado butaque, de ahí que a ese mueble la gente lo bautizara como “el butacón de Yuyo”.

Chaco Rosique, personaje pícaro, solía tocar muy bien la marimba, acompañado de otros músicos, el cual era muy solicitado para llevar serenatas.

Por ese tiempo, estaba de moda una canción, que entre sus frases musicales dice:

“Soy tu refugio de amor, mis besos yo te daré………etc.

En cierta ocasión, un caballero solicitó sus servicios para llevar una serenata, pero se encontraba muy enamorado, y al calor de los etílicos que había ingerido, se puso necio en querer cantar él mismo al pie de la ventana, con la condición de si se le olvidaba la letra, por favor, se la soplaran, misión que le fue asignada al maloso de Chaco.

La serenata dio inicio, aunque con voz deplorable, todo iba bien para nuestro Pavarotti, pero al llegar a la parte de: “Soy tu refugio de……… ” con los ojos pedía el trovador que le soplaran lo que seguía, a lo que Chaco rápidamente le sopla: “Escobar”, sin razonar repitió al instante “soy tu refugio Escobaaaar…… , haciendo estallar en carcajadas a los músicos acompañantes y a la propia dama que recibía la serenata.

› Tú dale Nemesio

Don Julián Montejo Velázquez --entonces presidente municipal de Cárdenas--, en compañía de don Nemesio Aquino, cierto día salieron a realizar una visita a un poblado del Plan Chontalpa. Lo hicieron en una vieja camioneta Pick up. Al volante iba don Nemesio, quien al llegar al crucero que forman el periférico y la carretera federal, a la altura donde estaba el restaurante Minerva, le pidió a don Julián que lo alertara si venía de su lado algún vehículo sobre la carretera Cárdenas-Coatzacoalcos. Don Julián, con sus ojos pequeños, volteó a ver hacia la cinta asfáltica y con una de sus manos golpeó la puerta de la camioneta por la parte de afuera al tiempo que decía: “tú dale Nemesio”. Don Nemesio metió el acelerador, pero al ver que del lado derecho venía un camión de esos llamados Chabelo a altísima velocidad, metió el frenó hasta el fondo y la camioneta casi reparó al pararse. “¡Coño!, Julián, te dije que me avisaras, ya viste que por poco nos mata ese camión”. Don Julián, todo asustado y apenado le dijo a su amigo: “Nemesio, has de creer que se me agachó”.

 
 
 

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