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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El arbolón

Cuentan los pobladores de viejo cuño que cuando en la cabecera municipal de Cárdenas se establecieron los primeros militares, seguidamente se podía ver a un grupo de de soldados, quienes al mando de un sargento practicaban la disciplina de la marcha militar. Lo hacían en un extenso campo que estaba ubicado donde hoy se encuentra el parque Independencia, exactamente frente a la iglesia católica San Antonio de Padua. Esos cardenenses recuerdan que en el centro de esa área había un enorme árbol de samán. Pues bien, era parte del paisaje ver todas las tardes a los soldados marchar a las órdenes de aquel singular sargento que con voz de mando los dirigía mientras gritaba: “uno, dos, uno, dos, uno dos, altoooo…, y los soldados se detenían, para pocos segundo después recibir la orden. “Paso redoblado, ya… uno, dos, uno, dos… con dirección al arbolón, ya”. Y, entonces los soldados marchaban sin chistar directo hacia al frondoso árbol de samán.

› Los periódicos de casita

Cuando tenía como 12 años alguien me dijo que “casita” (don Miguel Pérez), con fama de gruñón, era el distribuidor de los diarios nacionales en el municipio de Cárdenas y que pagaba 20 centavos por periódico que uno vendiera. Con tal información, me presenté una tarde ante “casita”, que tenía su puesto de revistas y periódicos en los portales del parque Hidalgo, para decirle que deseaba vender los diarios nacionales. Pero llegué a su establecimiento, justo en el momento que en la parada de camiones se estacionaba un autobús de la línea Dagdug, que iba con destino a Huimanguillo, y estaba repleto de pasajeros. “¡Súbete rápido a ese camión y ofrece estos periódicos!”, me ordenó “casita”, al tiempo que me daba cuatro ejemplares: uno de El Universal, un Excélsior y dos Heraldo de México. Arriba del autobús logré vender tres periódicos, pero me quedó un Heraldo, por lo que al bajar del camión comencé a ofrecerlo en la calle. Caminé por la avenida Morelos, seguí por la calle Juárez ofreciendo el periódico y llegué hasta la salida del pueblo, donde después de caminar casi dos kilómetros pude venderlo en el restaurante Shangrilá, ya desaparecido. Como a la hora, contento por la venta, me presenté ante el temible “casita” para informarle que había vendido los cuatro periódicos. Pero al verme pegó un grito que se escuchó hasta la colonia Pueblo Nuevo: “¡Chamaco pendejo, te di esos cuatro periódicos para que los ofrecieras sólo en ese camión, lo que vas a vender son esos que están en el suelo!”. Me enseñó entonces un cerró como de cien ejemplares. Cuando vi el montón de diarios, por poco caigo muerto. Venciendo mi miedo le dije, “mejor ahí nos vemos don casita”, y salí corriendo.

› No me lo vayas a matar

Doña María Santos estaba muy preocupada porque Marcos Flores, uno de sus hijos, que entonces andaba por los 18 años, seguido llegaba a su casa “a disoras” de la noche y borracho, por lo que decidió pasarle la queja a su esposo a fin de que le pusiera un remedio al asunto. “No sé qué vas hacer, pero esto ya es insoportable, tienes que llamarle la atención a Marcos”. Su esposo, don Víctor Flores, para tranquilizarla le dijo: “No te preocupes mujer, mañana hablo seriamente con ese muchacho, y vamos a ponerle un hasta aquí…”. Al filo de las 11 de la mañana del día siguiente, don Víctor entró al cuarto de su hijo, quien estaba tirado boca abajo en la cama, con una tremenda cruda. Don Víctor se acercó, le tocó lentamente la espalda y le dijo: “Marquito, hijito, ¿cómo te sientes? Marquito sólo respondió con un “hummmm…” Don Víctor insistió: mira, ahí tengo dos cervecitas en el refrigerador para que te cures esa cruda. Al rato te echas un baño y te voy a mandar a comprar un consomé bien calientito, eso te caerá muy bien hijito”. Afuera del cuarto, doña María Santos, frotándose las manos, comenzó a preocuparse, al ver que su esposo no salía de hablar con su hijo, por lo que temiendo lo peor, le grito a su conyugue: “¡Víctor!, regáñalo y pégale si quieres, pero no me le vayas a matar, no le vayas a dar un mal golpe a mi hijito”.

› Mi primo Rubén

Eran los tiempos en que se celebraban los grandes bailes en el Club de Leones de Cárdenas. En unos de esos bailongos que amenizó la Sonora Santanera, mi primo Rubén López Rodríguez estaba bailando con una bella chica que había llegado de vacaciones a ese lugar de La Chontalpa, a la que de inmediato pretendió conquistar y comenzó con la tradicional pregunta: “¿estudias o trabajas?”. La elegante dama le dijo que estudiaba filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuando mi primo escuchó con quien bailaba, por poco se traga el chicle, pues él a duras penas había terminado la secundaria. La elegante mujer le reviró a mi primo y le preguntó: “Y, tú, ¿estudias?” Casi tartamudeando Rubén le respondió que sí estudiaba. “¿Y qué estudias?” Le volvió a preguntar la mujer aquella, a lo que mi primo citó la primera carrera universitaria que se le vino a la cabeza: estudio veterinaria. “¡Ah! qué interesante”, le dijo la bailadora, quien ya emocionada con mi pariente le insistió. “¿Y qué materias llevan en esa facultad?”. Mi primo sintió que se le hundía el piso y sin verla a los ojos le dijo: “Ahorita estamos estudiando el caballo”.

 
 
 

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