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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El exageradito

En uno de tantos acontecimientos que hemos cubierto periodísticamente en Tabasco como corresponsal de La Jornada, allá por el año1996, una noche me encontraba escribiendo en la redacción de La Verdad del Sureste, junto con Rodulfo Reyes, entonces corresponsal de El Financiero y Armando Guzmán, corresponsal de la revista Proceso. Cada uno estaba colocado en una máquina de escribir, ya que las computadoras aún no llegaban a ese diario. El silencio reinaba en la redacción, sólo se escuchaba el repetido sonido de las teclas, pues cada comunicador estaba metido de lleno en la redacción de sus respectivas notas para ser enviadas a los medios nacionales. De pronto se escuchó la voz de Armando para preguntar con voz apurada: “qué fecha es hoy”. Estamos a 2 de febrero, le respondí. Y llevándose la mano a la cabeza dijo: “Qué bestia, ya se fue el año don René…”

› “Santo, Santo, Santo”

En mi adolescencia vendí bolsas de chicharrones, papitas, platanitos y palomitas en el cine Insurgentes de Cárdenas, mi pueblo natal. Recuerdo que junto con El Pejito (Santiago Olán) durante las funciones de cine él iba por delante gritando: “refrescos, refrescos”, y de inmediato se escuchaba mi pregón: “chicharrones, papitas, platanitos y palomitas”. Así se acostumbraba en aquellos tiempos. Un domingo de matiné estaban exhibiendo la película: “Santo contra las momias de Guanajuato”. Como de costumbre, andaba muy activo con mis ventas, cuando de pronto entre la penumbra escuché que me gritaban “primo, primo, dame un platanito”. En efecto, era la voz de mi primo Tony (Antonio Pérez López), quien acomodado en una fila de butacas solicitaba mis servicios. Estaba en la segunda silla, y en la primera, junto al pasillo, se encontraba una señora seria, portando un elegante vestido blanco y joyas por todas partes. Era ni más ni menos que la esposa de don César Aguilera (el dueño del Cine). El primo extendió su mano para tomar su bolsa de platanito y pagarme un peso de aquellos de plata. Pero en el momento que iba a retirarme me dijo: “échale chile primo”. Estiro su mano para que yo le pudiera poner salsa picante Búfalo. Pero en ese preciso instante en la pantalla del cine El Santo llegaba en su lujoso automóvil a un panteón para enfrentar a las momias que estaban venciendo a sus amigos. La gente comenzó a gritar en la sala del cine. “Santo, Santo, Santo”. Tanto mi primo como yo nos embelesamos viendo la película, pero al mismo tiempo no paraba de golpear la parte de atrás de la botellita de salsa para ponerle chile a sus platanitos. Mi primo embobado con el Santo quitó la bolsita de plátanos, mientras yo seguía echándole chile, al tiempo que veía emocionadísimo las acciones del Enmascarado de Plata. Un grito que se escuchó en toda la sala me volvió a la realidad. La señora elegante aquella se paro con todo su vestido blanco batido de salsa picante roja y espesa, vociferando: “¡chamaco, mira lo que hiciste…!” Y, hasta ahí llegó mi experiencia de vendedor en el cine Insurgentes.

› El carro o la vida

El 26 de julio de 1996 explotaron dos plantas criogénicas del complejo de gas de Cactus, ubicado en los límites de Tabasco y Chiapas, con saldo de al menos seis muertos, la noche que ocurrió ese accidente en las instalaciones de Pemex me encontraba en el café Selecto, frente a la Plazuela del Águila de la ciudad de Villahermosa. Apenas nos enteramos, pagamos apresuradamente la cuenta y le pedí a Alberto Naranjo que me llevara al lugar del siniestro en un pequeño y viejo Volkswagen que acababa de adquirir. Al arribar observamos que la planta estaba sitiada por soldados del ejército. Me sumé a la petición de los reporteros que insistíamos en ingresar, pero los militares nos advirtieron que era peligroso. En esa estábamos, los periodistas pidiendo entrar y los soldados negando el ingreso, cuando de pronto, cerca de la media noche, dentro de la planta se escuchó un fuertísimo estruendo y un silbido ensordecedor. Vimos entonces como varios soldados prácticamente se desgranaban de las bardas para huir del lugar. Al ver aquello, junto con Alberto Naranjo y el resto de los reporteros salimos corriendo a todo lo que daban nuestras fuerzas. En la huida masiva caían al suelo celulares, libretas, grabadoras y bolsos de compañeras reporteras. Como se dice, el cotón nos volaba, pero aún así, al ver Alberto el Volkswagen estacionado a orillas del complejo me grito, sin parar de correr: “René, tu Volkswagen, qué hacemos”. Le dije: “deja esa madre ahí hermano, tú córrele que parece va a haber otra explosión”. Cuando le dije aquello, Alberto no corrió, sino que prácticamente voló. No lo volví a ver, hasta el día siguiente que me contó que él cerró los ojos y corrió y corrió hasta que alguien los subió a una camioneta y lo llevó a Villahermosa. “¡No me vuelvas a invitar a ver una explosión!”, me pidió.

› No pasó la revisión

Cierta noche del año 2000 me habló un reportero para decirme de golpe y porrazo: “No seas cabrón, hazme el paro”. Intrigado le pregunté qué le pasaba. Me explicó entonces que iba a salir “con una chava” pero que ésta sólo saldría con él en compañía de una amiga, por lo que necesitaba a alguien que le “hiciera el quite”. “Ya es muy tarde, además estoy viendo un partido de futbol”, le expliqué para sacudírmelo. Pero aquel periodista insistió: “No seas así, mira, te propongo que veas a la chava y si no te gusta, a manera de clave me dirás: ‘nos vemos mañana’, pero si te atrae te subes al carro y me acompañas”. Tras singular acuerdo, al poco rato llegó hasta la puerta de mi domicilio en su auto. Me llamó y salí: Adelante iba “su chava” y atrás otra mujer joven, a la que le dijo estratégicamente, para que la apreciara de cuerpo entero, “bájate para que saludes a mi amigo”. Cuando aquella chica descendió del vehículo, de inmediato observé que tenía una enorme cicatriz en la frente y una especie de rasguño en una mejilla, como andaba en short pude constatar otra cicatriz, al parecer la huella de un machetazo, en una de sus rodillas, además era bizca, flaca tirando a desnutrida, le faltaba un diente de arriba y dos de abajo y por si fuera poco masticaba chicle a rabiar y traía un perfume que repugnaba. En el momento que la saludaba de mano, desde adentro del auto el compañero reportero me preguntó desesperado. “¿Qué decidiste?”. Mirándolo fijamente a los ojos le respondí: “Nos vemos pasado mañana”.

 
 
 

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