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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› Un pequeño accidente

Cuando El Buda (Rosendo Córdova Cortazar) trabajó con don Chalo Manteca (Rosario de la Cruz) en la línea de autobuses Transportes De la Cruz, que daban servicio a los poblados del Plan Chontalpa, en cierta ocasión llegó entre molesto y nervioso a las oficinas, a sabiendas de que su patrón tenía mal genio, para decirle: “don Chalo, acabo de tumbar un refrigerador y tiene usted que pagarlo”. El propietario de los autobuses, sorprendido, le contestó: “¿Cómo que tumbaste un refrigerador…? ¿Y para qué andas subiendo refrigeradores si los autobuses son para pasajeros…?” El Buda le explicó: “Lo que pasa es que me eché de reversa y le di a un poste de luz y se cayó el refrigerador ese”. Al escucharlo, don Chalo se quitó el sobrero y comenzó a soplarse con fuerza, mientras le decía a su chofer: “Coño, Buda, ya me rompiste la madre, lo que tumbaste fue un transformador y eso es un delito federal…”

› Dos reporteras en apuros

Corría el año 1995 y en Tabasco el problema pos electoral entre el PRI y el PRD estaba muy caliente. Los organismos electorales oficialmente habían reconocido el triunfo del priísta Roberto Madrazo, mientras que los perredistas alegaban fraude electoral y una “elección de Estado” en contra de su candidato Andrés Manuel López Obrador. Para tratar de mediar en el conflicto, un grupo de empresarios convocó a rueda de prensa en la Unión de Plataneros del municipio de Teapa. Por ese motivo, Rodulfo Reyes, entonces corresponsal del diario nacional El Financiero, ofreció llevarme a esa localidad en su camioneta, así como a dos compañeras, enviadas de periódicos nacionales. Cuando nos trasladábamos a Teapa, en plena carretera Rodulfo Reyes comenzó a mover su cabeza de un lado a otro, al tiempo que respiraba agitadamente. Entonces empecé a frotarle la cabeza y a decirle con insistencia y en tono preocupado: “¡Cálmate amigo, tranquilo, respira despacio, ya va a pasar...!” La camioneta en tanto rodaba de un lado a otro sobre la carretera. Las enviadas, que iban en los asientos traseros, comenzaron a gritar: ¿Qué pasa, qué tiene el compañero, por qué se mueve mucho la camioneta? Sin dejar de frotarle la cabeza a Rodulfo, voltee para explicarles: “¿Es que a Rodulfo le dan ataques epilépticos, pero tranquilas ya se le va a pasar..? Tras escucharme, las periodistas entraron en histeria: “Para la camioneta, por favor, para, nos vamos a matar…”, gritaban desesperadas las reporteras con los ojos desorbitados. Rodulfo frenó poco a poco. Cuando la camioneta se frenó totalmente, el corresponsal de El Financiero recostó su cabeza sobre su asiento, al tiempo que yo le seguía frotando la cabeza y le decía: “Ya amigo, tranquilo, ya pasó”. Para ese entonces las enviadas estaban abrazadas, pálidas y con los ojos llorosos. Cuando comenzamos a reírnos y tratamos de explicarles que se trataba de una broma, nos las mentaron en buen chilango, y no sólo se negaron a retornar con nosotros a Villahermosa, sino que nos dejaron de hablar para siempre.

› El oso de su vida

En el 2007, mientras Tabasco estaba con el agua al cuello, Luz Vidal Rodríguez, editora de Papiro, andaba de viaje por Quebec, Canadá. Resulta que cuando se encontraba en una plaza comercial, decidió ir al baño, pero para ingresar a éste había que depositar monedas extranjeras (dólar). Revisó su bolso y se percató que ella sólo llevaba dinero mexicano. En ese instante observó a una rubia alta, de ojos azules, que estaba depositando unas monedas para entrar al tocador, y consideró que esa mujer la ayudaría. Lucy, que no habla el inglés, comenzó a saltar frente a la dama, mientras le hacia todo tipo de señas, mostrándole con desesperación las monedas mexicanas que traía en sus manos. La extranjera aquella observó extrañada a la mujer que tenía enfrente, pues no paraba de manotear y hacerle señas, por lo que al verle la angustia en sus ojos, la rubia le dijo en perfecto español: ¿Lo que quieres, es que te cambie esas monedas…?

› El miedo no monta en burro

En el año 1991, en compañía de un grupo de reporteros campechanos, fui a cubrir una gira electoral del entonces candidato al gobierno de Campeche, Jorge Salomón Azar García. Al terminar el recorrido en comunidades colindante con Guatemala, la comitiva del candidato y los reporteros pernoctamos en la ciudad de Candelaria. Pero el grupo de compañeros y compañeras, antes de ir a cenar a un restaurante de carnes asadas, decidimos comprar unas cervezas para tomarlas a la luz de la luna en un balneario conocido como Coahuilita. Ahí estábamos, a orillas del río Candelaria, unos 15 reporteros, entre el grupo seis mujeres. En el momento que alguien entonaba una vieja melodía, a la distancia, en la penumbra, vimos que un hombre alto, fornido, con el dorso desnudo, caminaba hacia nosotros vociferando palabras que no entendíamos. Pero al acercarse más, observamos que en unas de sus manos blandía enorme machete que con la luz de la luna hacia brillar su tremendo filo. Alguien comenzó a correr hacia una de las tres camionetas que nos habían trasladado hasta ese sitio, y tras él todos salimos prácticamente en estampida. El terreno arenoso dificultaba la huida. Con el tremendo susto nadie se acordó de las mujeres, hasta que éstas llegaron al restaurante, cuando ya nosotros estábamos acomodados en una mesa. Entraron al lugar con los pies pelados, zapatillas y sandalias en las manos, y un rosario de mentadas en nuestra contra. Con sus miradas nos querían matar, por lo que totalmente molestas se sentaron en una mesa vecina y no paraban de recriminarnos: “¡Qué mal se vieron chicos..!”, “¡Qué mal se vieron chicos..!”.

 
 
 

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