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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› De los arrepentidos…

Sucedió en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe en la colonia Guadalupe Borja de Villahermosa. Ahí cada año el sacerdote Pedro tenía una singular manera de celebrar la Semana Santa. Una vez, cuando se llevaba a cabo la procesión, el sacerdote llamaba a cargar la cruz a los pecadores y afligidos: a las madres solteras, a personas desempleadas, a jóvenes descarriados y por último a los borrachos.

“¡Ahora que se acerquen a este lugar para cargar la cruz aquellos que empinan el codo!”, grito el sacerdote. Pero de su lugar nadie se movía.

Entre los feligreses se encontraba Chucho, famoso en la colonia por sus constantes parrandas. Los vecinos estaban acostumbrados a escuchar, principalmente los fines de semana, la música a todo volumen que salía del auto Chevi de Chucho, que provocando un ruidero del demonio recorría en horas de la madrugada las calles de la Guadalupe Borja.

El padre volvió a hacer su llamado a los adoradores del Dios Baco para que pasaran a cargar la cruz y limpiar sus pecados. Pero nadie se movía de su lugar.

Entonces la mamá de Chucho tuvo que empujarlo con el codo para decirle: “¡Chucho, ahí te hablan, ve a cargar la cruz!”. Y éste respondió molesto “¡Y yo por qué mamá!”. “¡Pues porque eres un borracho, porqué más”, le dijo la madre. Al distinguirlo entre la multitud, el propio padre Pedro lo llamó “Chucho, vente para acá que te toca”. Fue cuando Chucho muy a su pesar tuvo que participar en la procesión.

› El atravesado

Javier Ruiz Rodríguez, La Osita, es un taxista de Cárdenas que ha cobrado fama por su peculiar estilo de equivocar los términos cuando platica. Cierto día le estaba narrando a sus compañeros que se había peleado con un trailero en la carretera, y que esté “de pronto se fue al camión y del camalote sacó un machete”. Intrigado, quienes lo escuchaban le preguntaron que si el tráiler se había ido al monte y que por eso el chofer sacó de ahí un machete. “¡No, hombre!, lo sacó de esa casita que traen atrás los camiones”. “¡Ah! coño, te refieres al camarote, eso se llama camarote, osita”. Molesto porque lo habían criticado contestó: “¡Ah!, ya me vas a venir a dar tu consejo”. “En otra ocasión contó que al pasar un bache se había golpeado con la tolva en la cabeza”. “No se llama tolva, es el toldo”, lo corrigió un compañero taxista y de nuevo refunfuñó: “Ya me vas a venir a dar consejo”.

› Turistas chocos en Cancún

En unas vacaciones de Semana Santa a los cardenenses Plebeyo (Aníbal Brito Gallegos) y Picapiedra (Rogelio Martínez Cano) se les ocurrió ir de paseo al centro turístico de Cancún. Al llegar a aquella ciudad, Plebeyo le propuso a Picapiedra buscar un hotel para alojarse. Se dirigieron a la zona hotelera y fue Picapiedra quien preguntó de golpe en la recepción: “hay cuartos”, “hey, hay cuartos”. Plebeyo le recriminó su proceder y le dijo en voz baja: “No seas corriente, coño, cómo vas a decir: hay cuartos, aquí se pregunta si hay suit”. Hecha la aclaración Picapiedra preguntó si había sui-te”. El recepcionista le dijo que sí. “¿Cuánto cuesta?”. Le respondieron que dos mil 500 pesos la noche, IVA incluido. Entonces Picapiedra tomó su pequeña maleta y le dijo a Plebeyo. “¡Vámonos tata, estos creen que vamos a comprar el hotel, que sui-te, ni que sui-te, podemos dormir muy bien en la playa!”.

› El viajecito

Luego de cubrir por varios días los acontecimientos del alzamiento zapatista en Ocosingo y Palenque, Chiapas, me encontré con Juan Manuel Ramírez, corresponsal de Televisa en ésta última ciudad. Como se dirigía a Villahermosa le pedí el aventón y gustoso aceptó traerme en su auto. Apenas tomó carretera Juan Manuel pisó sin lástima el acelerador. Con cierto nerviosismo vi que la agujita del velocímetro subía y subía, mientras campantemente él hablaba por su teléfono celular. Cando la dichosa agujita marcó los 180 kilómetros, iba yo fuertemente sujetado al carro de pies, manos y con todo lo que puede uno agarrarse para prácticamente pegarse al asiento. Volteaba a cada rato hacia donde estaba Juan Manuel para hacerle una seña de que iba demasiado rápido, pero el reportero de Televisa no paraba de hablar por su celular, mientras con la otra mano sostenía el volante. Cuando vi que no había manera de comunicarme con él para alertarlo de la velocidad que traía, cerré los ojos y no los abrí hasta que llegamos a Villahermosa. Cuando me bajé, amablemente Juan Manuel Ramírez me dijo: “René, el lunes a las siete de la mañana salgo de nuevo a Ocosingo, si quieres pasó por ti”. La voz la escuché como si saliera de ultratumba, pues aún me zumbaban los oídos y me temblaban las piernas, y sólo logré balbucear: “No…gracias… déjalo ahí”.

 
 
 

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