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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› Un desayuno inolvidable

A invitación de Pedro Luis Bartilotti, entonces jefe de prensa del gobierno del estado, los reporteros Rodulfo Reyes, Armando Guzmán y este escribidor desayunamos con el gobernador Manuel Gurría Ordóñez en la Quinta Grijalva.

Como era un encuentro con el mandatario estatal, sacamos a lucir los mejorcitos atuendos. Rodulfo hasta se puso su reloj Mido, que sólo usa en ocasiones especiales. Me contó que la noche anterior lo había limpiado con brasso, por lo que éste brillaba intensamente. Armando y yo nos pusimos unas camisas manga largas, blanquísimas, tanto que el vernos Rodulfo bromeó al decirnos que parecía que íbamos a un casamiento.

Cuando entramos a la Quinta nos pasaron a un amplio comedor donde ya estaban colocados unos relucientes juegos de tenedores al igual que platos y tazas en vivos dorados. El licenciado Pedro Luis platicaba con nosotros en tanto hacía su arribo el Ejecutivo local. En un momento dado se levantó y dijo que retornaba enseguida, Cuando salió el vocero de la estancia, Rodulfo me pregunto, dirigiéndose a las tazas y platos: “¿Serán de oro?”. “Por si las dudas, no lo vayas a romper”, le dije.

Poco después entró el gobernador Gurría, sonriente, acompañado de su jefe de prensa. Tras los saludos, comenzó a platicar de la situación del estado, de la prensa y en un momento dado nos preguntó. “¿Y cómo van ustedes muchacho?”. Los tres reporteros nos quedamos viendo uno a otro, y entonces al observar que ni Armando ni Rodulfo tenían intenciones de contestar, me aventé al ruedo y le dije al mandatario estatal: “Bien señor, vamos bien, con mucha hambre…”. Al ver que el mandatario se me quedó viendo fijamente como queriendo balbucear algo, le aclaré de inmediato. “…con mucha hambre de hacer periodismo, señor gobernador”. Gurría se acomodó en su asiento y dijo. “¡Ah!, bueno”.

La plática siguió girando sobre diversos temas, pero el caso es que cuando nos sirvieron el desayuno, lo hicieron en exceso. Los platos rebosaban de un platillo tabasqueño. Aprovechando que Armando cruzaba unas palabras con Gurría, Rodulfo me comentó en voz baja: “Para que madres dijiste eso del hambre, mira como nos sirvieron”. Rodulfo volvió a preguntarme, siempre en voz baja, “¿Esta fruta es de ricos, me la puedo comer?”, refiriéndose a una rebanadas de kiwi. “Tú cómele hermano, que nos sirvieron como si nos fuéramos de viaje”.

› Cheque, el peluquero

Sucedió en la cabecera municipal de Cárdenas. En una ocasión llegó una persona de avanzada edad a la Peluquería Alvarez, propiedad de Juan Alvarez Arenas. Le tocó cortarle el pelo a Cheque, el ayudante de esa barbería. Ya entrados en confianza, el octogenario cliente le preguntó a Cheque, si era cierto que el ostión era energético. “¡Claro, es muy efectivo!, le dijo Cheque, sin dudar y lo aconsejó: “Mire, cómase usted una docena de ostiones y ya va usted a ver que en la noche entrega”. Y, en efecto, aquel viejo entregó, pero el equipo, porque se murió de tremenda amibiasis.

› Chicharito no sirve

En el bar La Cuevita de Cárdenas cuatro parroquianos discutían sobre futbol, y nada menos que de la Liga Premier de Inglaterra. Uno estaba afamando al Chicharito (Javier Hernández) como “el mexicano que estaba haciendo historia en el extranjero”. Pero de inmediato saltó otro para refutarle: “Eres pura pendejada compadre, ese Chicharito no sirve para nada. Mira, sólo lo meten unos minutitos al campo de juego y nada más entra a hacer gol, y se termina el partido, a mi no me convence”.

› Finta viejo

Mi primo Javier, (Antonio Javier López Camposeco) cuando andaba en los 20 años, lucía alto y fornido. En una ocasión nos fuimos a jugar futbol y regresamos tarde a nuestras respectivas casas. Cómo éramos vecinos pasamos a su domicilio, porque yo quería leer la sección deportiva de El Heraldo de México, que a diario lo compraban en la casa de mi tío Toñica (Antonio López Marín). Apenas entramos, mi tío comenzó a regañar a Javier, porque tenía que hacer un mandado y estaba llegando demasiado tarde. Estaba furioso y el regaño iba subiendo de tono, cuando observé que mi primo se acercó al comedor, donde mi tío, de pie, continuaba con su perorata. De pronto Javier dio un fuerte manotazo en la mesa y dijo “¡Ya, pues!”. Toñica, ante la reacción de su hijo, que nunca le había faltado el respeto, se quedo estático. Pero entonces Javier sonrió y le dijo a su papá: “¡Finta viejo, finta!”. “Que finta ni que el carajo cabrón”, gritó, ya repuesto mi tío, quien tomó lo primero que tuvo a su alcance para tirárselo a Javier, que ya iba corriendo a la mitad de la calle.

 
 
 

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