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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› El álbum blanco de Rabelo

Un día del mes de julio de 2010 pasé frente al tiradero de libros que tiene José Luis Rabelo frente al Telégrafo de la ciudad de Villahermosa. Me llamó. Me acerqué. Sabe que soy adicto a la música de Los Beatles y me ofreció El Album Blanco de los genios de Liverpool. ¿Y, cuánto cuesta esto Rabelo?”, le pregunté. Rabelo me explicó que se trataba de una copia, y me entregó dos CD, donde, me aseguró, estaba “lo más chido” de la insustituible banda británica de rock. “Son 100 pesitos René, cincuenta pesos por cada uno, es una ganga hermanito”. Me convenció, le di el dinero, y él me entregó los dos discos. Cuando llegué a la casa los guardé en la gaveta del mueble donde tengo mi computadora. Pasaron los días. Acostumbro a escribir en horas de la madrugada, cuando todo mundo duerme. Me gusta poner música a bajo volumen, mientras tecleó y fluyen las ideas. Entonces recordé que a mi alcance estaba el famosísimo Album Blanco de Los Beatles. Me saboree. Tomé uno de los discos, el número uno, según Rabelo. Lo coloqué en el cerebro de la computadora y listo, a escuchar Ob-La-Di, Ob-La-Da, Julia, Honey Pie, Birthday, Yer Blues, entre otras. Hasta movía mis piecitos. Pero pasan los segundos y la música de Los Beatles no se escuchaba por ningún lado. Saqué el CD lo limpie y de nuevo lo meto y… nada. Decido entonces meter el disco dos, según Rabelo, y tampoco, nada… Confieso que a esas horas le lancé los mejores saludos madrugadores a Rabelito. Ya tranquilo sólo dije: “Pinche cabrón, no me vendió El Album Blanco de Los Beatles, en realidad son los discos blancos de Rabelo”.

› Los regalos de Tincho Fuente

Cuando don Tincho Fuentes (Trinidad Fuentes Adriano) fue alcalde del municipio de Cárdenas, se le recuerda porque siempre que iban a solicitarle un apoyo, para lo que fuera, difícilmente lo negaba. Pero tenía un defectito: Resulta que en una ocasión un grupo de muchachos de una escuela secundaria le fueron a solicitar un balón de futbol. El presidente municipal les dijo que regresaran al día siguiente. En efecto, al otro día el alcalde ya les tenía su balón. Se los entregó, pero les hizo una advertencia: “aquí tienen su balón, pero cuidadito y lo vayan a patear, porque lo van a pelar, eso se los aseguro”. En otra ocasión unos campesinos le pidieron unos cayucos. Se los dio. Pero con la advertencia de que no los metieran mucho al agua, porque se les iban a pudrir.

› La vestimenta de Pellicer

En una ocasión arribaron a Villahermosa dos personajes procedentes del Distrito Federal. Buscaban afanosamente la casa del poeta Carlos Pellicer, a quien le traían un recado del entonces presidente Luis Echeverría Alvarez. Luego se supo que éstos habían llegado para informarle que el mandatario federal le ofrecía al distinguido tabasqueño ser candidato al Senado de la República. Así, al llegar a los aposentos del famoso bate, los dos misteriosos personajes tocaron a la puerta del domicilio discretamente. Pellicer, que estaba completamente desnudo, les abrió. Los observó de arriba abajo, y luego les preguntó: “¿qué desean los señores?”. Los enviados presidenciales le hicieron saber que los mandaba el mismísimo Luis Echeverría. Despreocupado, Pellicer les dijo: “permítanme un momento, dejen que me ponga algo. Al rato salió Pellicer, igual desnudo, sólo con unos lentes puestos.

› Una venta imposible

Un proveedor, al filo de las 10 de la mañana, llegó un día muy saleroso a la pequeña tienda que tenía don Rigoberto Fuentes al interior del Mercado 27 de Febrero de la cabecera municipal de Cárdenas. Sacó una larga lista y comenzó a ofrecer la mercancía que traía consigo, intentando venderle algo al modesto locatario.

“A ver don Rigoberto, qué le hace falta”, preguntó el proveedor. Don Rigoberto le dijo tranquilamente, ¿qué traes? Y así comenzó un involuntario duelo entre los dos personajes. Uno preguntando y el otro respondiendo: Traigo molinos tres estrellas, ofreció el proveedor. Tengo, dijo secamente don Rigoberto. Y así se comenzó a escuchar la propuesta de un lado, y el rechazo del otro. “¿Anafres?”. “Tengo”. “¿Machetes Collins?”. “Tengo”. “¿Quinqué?”. “Tengo”. “¿Limas?”. “Tengo”. “¿Hilera del diez?”. “Tengo”. “¿Canicas de barro?”. “Tengo”. “¿Tiritos?”. “Tengo”. “¿Liga de tirador?”. “Tengo”. “¿Papel de china?”. “Tengo”. “¿Anzuelos?”. “Tengo”.

El proveedor aquel se rascaba la cabeza al darse cuenta del amplio abasto que tenía don Rigoberto. Respiró profundo, y siguió ofreciéndole al tendero su mercancía, quien tranquilamente escuchaba las propuestas, de pie, atrás del mostrador, apoyando ambas manos sobre éste. “¿Petróleo diáfano?”. “Tengo”. “¿Matatenas?”. “Tengo”. “¿Cartilla San Miguel?”. “Tengo”. “¿Damas chinas?”. “Tengo”. “¿Candil?”. “Tengo”. “¿Mecha de candil?”. “Tengo”. “¿Morrales de todas las medidas?”. “Tengo”. “¿Creolina?”. “Tengo”. “¿Curitas?”. “Tengo”. “¿Potes de peltre?”. “Tengo”. “¿Bacinicas?”. “Tengo”. “¿Cubetas de aluminio y plástico?”. “Tengo”. “¿Pelotas de espuma?“. “Tengo”. ¿Yoyos?”. “Tengo”. “¿Trompos?”. “Tengo”. “¿Baleros?”. “Tengo”. “¿Toperoles?”. “Tengo”. “¿Chinampinas?”. “Tengo”. “¿Siquitraques?”. “Tengo”. “¿Candados?”. “Tengo”. “¿Capotes?”. “Tengo”. “¿Botas de hule?”. “Tengo”. Hacia las dos de la tarde, cansado, dobló su lista al darse cuenta que ahí no iba a vender ni un clavo. Se despidió, pero apenas dio unos pasos de repente se volteó y con ojos iluminados dijo: “Don Rigoberto y… “¿pelotas de hilo?”. “Tengo”, respondió rápidamente don Rigoberto, asintiendo con la cabeza. El proveedor sonó la boca, levantó las dos manos, en señal de fastidio, y definitivamente se marchó.

› Santo remedio

Cuando colaboraban en el diario Presente, los columnistas Hilda del Rosario y Alfonso Castro Carrascosa, seguido se presentaban a la dirección del diario a quejarse con el director don Jorge Calles Broca, a quien le decían que sus colaboraciones salían frecuentemente con errores. Esto era pan de cada semana. Cansado de la situación, un mediodía don Jorge llamó al jefe de redacción a quien delante de los quejosos le preguntó: ¿A qué horas revisas las planas donde se publican las colaboraciones de los señores? El redactor contestó: “Será como a eso de las dos de la mañana don Jorge?”. Y en ese momento el director tomó una solución salomónica: “Bueno, pues a esa hora van a venir la señora Hilda y el señor Alfonso para que personalmente corrijan en las planas sus colaboraciones”. Entonces, ambos columnistas respondieron casi al mismo tiempo: “No es para tanto don Jorge, si en verdad no son muchos los errores…”.

 
 
 

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