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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› ¿Caricaturista o reportero?

La plaza de Toros de Villahermosa estaba a reventar. La gente que llenaba el graderío estaba atenta a la llegada del nuevo obispo Florencio Olvera Ochoa, que en esa fecha asumiría el liderazgo de la iglesia católica de Tabasco. Los reporteros y fotógrafos de los diferentes medios estábamos apostados a la entrada del inmueble. Cuando arribó el prelado comenzó el forcejeo entre periodistas y la gente de logística. El grupo de fotógrafos era el que empujaba más fuerte para tomar las mejores imágenes. Entre ese maremágnum quedé atrapado con mi libreta de apunte y lapicero, tratando de tomar todos los detalles, pues en mi periódico me habían pedido una crónica. De pronto un reportero gráfico, algo corpulento, con una enorme cámara en ristre, comenzó a tratar de apartarme de enfrente del obispo. “Déjame trabajar”, me gritó. “Yo también estoy trabajando”, le respondí, enseñándole mi pluma, y entonces a boca de jarro me dijo: “Qué, ¿le vas a hacer una caricatura al obispo?”. Tiene razón este cuate, me dije para mis adentros, y me hice a un lado. Así conocí al maestro fotógrafo Rigoberto Ceballos Ramírez.

› Tremendo susto

Aquel domingo, la familia Chio Vidal, originaria de Villahermosa, andaba de compras en los portales del Zócalo de la ciudad de México. Mientras la señora Elizabeth Vidal seguía adquiriendo diversos artículos y bisutería, su esposo Williams Chio comenzó a ver que sus manos se ponían entre moradas y azul y esto le preocupó. Le dijo a su mujer lo que le sucedía, pero ni caso le hizo, pues estaba muy metida en sus compras. Así, siguió comprando y él pagando. Fue tanta su angustia por lo de sus manos que comenzó a sentir dolor de cabeza. “Mejor me voy al hotel”, dijo, se despidió de su mujer y enfiló al hotel que estaba cerca. Al llegar entró al baño, se revisó cara y ojos, nada anormal, pero sus manos estaban ya totalmente entre morada y azul. Pensando qué hacer, le dieron ganas de orinar. Fue cuando se lavó las manos que se dio cuenta que de sus manos comenzó a escurrir agua amoratada, precisamente del color de su pantalón.

› El porrazo

Después de una larga temporada alejado del ejercicio físico, el reportero Eugenio Hernández Sasso decidió una mañana atarse los tenis y volver a salir a correr a la unidad deportiva de la colonia Gaviotas de Villahermosa, donde reside. Comenzó a trotar a partir de ese día y comenzó a ser una rutina todas las mañanas. Cabe recordar que Sasso ya ronda los 50 años. Cuando llevaba como 15 días de realizar sus prácticas matutinas, cierta mañana recordó que cuando tenía 20 años, con gran facilidad corría y tomaba impulso para hacer una pirueta y caer de pie, tipo el futbolista Hugo Sánchez. “Lo voy a intentar”, pensó. Pero antes volteó hacia todos lados. Al ver que estaba solo en el campo deportivo, decidió hacer aquella maroma. De pronto corrió a toda velocidad, tomó impulso, pero su cuerpo no logró girar por completo, como cuando era un veinteañero, por lo que se escuchó un estruendoso ruido al caer completamente de espalda. Apenado consigo mismo, comenzó a incorporarse, y fue cuando detrás de un árbol de mango se escuchó la voz de una persona que estaba barriendo, que dijo: “¡Te vas a matar diantre!”.

› Los corridos

Aquella tarde estaban echándose los tragos mi tío Toñico, Antonio López Marín, don Chucho Méndez y Mauro Meza, vecinos de toda la vida de la calle La Bolsa de Cárdenas. De pronto mi tío recordó que su hijo Antonio Javier López Camposeco –que estudiaba en la ciudad de México-- le había traído la Antología de Corridos de Ignacio López Tarso. “Están buenísimos los corridos”, dijo y mandó a traerlos. Durante más de una hora Don Chucho y Mauro estuvieron escuchando los corridos narrados con una voz pausada y aguardientosa de López Tarso, al grado de que entre tragos y tragos y corridos y corridos, comenzaron a cabecearse. Cuando terminó aquel disco Toñico dijo emocionado: “Vieron qué buenos están”. Con cara de sueño y bostezando, sus vecinos apenas balbucearon, en tono aburrido: “si, estuvieron buenos”. Al escuchar eso, mi tío exclamó: “Pero ya van a escuchar los que siguen, faltan dos discos”. “¡Qué!”, dijo don Chucho, que pegó el levantón y se marchó disculpándose, y tras de él salió don Mauro.

 
 
 

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