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Director General: René Alberto López

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Entre tabasqueños te veas...

RENE ALBERTO LOPEZ

› Nos cobraron tres “Posdata”

Cierta mañana me reuní a desayunar con los compañeros periodistas Erwin Macario y Rodulfo Reyes en el restaurante Sanborns de la ciudad de Villahermosa. Luego de componer el mundo y hacer críticas sobre algunos políticos y periodistas en momentos que está de moda la Nuñezmanía, pedimos la cuenta. Al leer Rodulfo en voz alta el total de lo que habíamos consumido para hacer nuestras respectivas aportaciones, a Erwin le pareció extraño algo que nos estaban cobrando, y pidió ver la lista de lo consumido. La mesera con paciencia esperó que el experimentado reportero la revisara minuciosamente. De pronto, con una mirada de claro reclamo y voz airada la increpó: Y, ¿Por qué nos están cobrando tan caro esto que aparece como PD?, ¿Es acaso que nos quieren cobrar hasta una Posdata? La mesera tranquilamente le aclaró: “¡No señor!, esa PD, quiere decir las tres canastas de pan dulce que se comieron”. ¡Ah! Exclamó Erwin, aclarada la incógnita.

› El aguinaldito

Faltaban dos semanas para la Navidad cuando en mi celular vi un mensaje enviado por José Luis Rabelo, quien escribe sobre cine en las páginas de Papiro. Me llamó la atención la premura de la felicitación que comencé a leer: “Señor director, en esta Navidad le deseo lo mejor para usted y su familias, y que las dulces palabras del Rabí, amaos los unos a los otros, brille en vuestros corazones. Que la estrella de Belem alumbre su camino y que la bendición del Niño Jesús lo ilumine siempre”. Mientras iba leyendo las líneas, decía para mis adentro: “Coño, tanto me quiere Rabelito”. Pero al final del mensaje, resaltaba un texto en letras mayúscula: “Mi director, no me ha dado el aguinaldito”.

› “¡El compañero está muy bien!”

La primera caída que tuve practicando el ciclismo de montaña fue el domingo 26 de septiembre en un descenso ubicado por el rumbo del hotel Hilton de Villahermosa. La bicla Benotto que conducía (luego me dijeron que es muy pesada) tomó una velocidad endemoniada que prácticamente pasé zumbando a lado de Rodulfo que iba unos metros adelante. A la bicicleta se le rompieron ambos frenos y, tras la caída aparatosa, quedé en posición decúbito lateral, dicen mis acompañantes. Rodulfo corrió a levantarme, mientras Mario Brown, luego de que me quitaron el casco, me echó un líquido en la cabeza, al tiempo que decía: “¡siéntalo!”, “¡siéntalo!”. Estaba golpeado, pero no tan apendejado, como para no darme cuenta que involuntariamente, primero me quisieron sentar en un nido de hormiga, luego donde había espinas conocidas como cornenzuelo. Ya sentado, Mario sugirió que me preguntara algunas cosas para saber si el golpe no me había afectado la cabeza: Rodulfo comenzó con el interrogatorio “médico”: ¿Como te llamas?: “pues René Alberto, coño”. ¿Cuántos años tienes?: “47 años”. Entonces Rodulfo se puso de pie y dio la noticia a los demás: “El compañero está muy bien, porque siempre se quita la edad”.

› El viajecito

En punto de las seis de la mañana pasaron por mí los colegas José Manuel Aguilar Baños “El “Amiguito” y Bartolo Jiménez Méndez, en el vehículo del primero. Un día antes nos habíamos puesto de acuerdo para viajar al municipio de Balancán, donde veríamos unos asuntos de publicidad en el ayuntamiento de ese lugar. Antes de salir mi esposa me preguntó quiénes viajarían conmigo, y me pidió que tuviera mucho cuidado. Incluso recomendó: “No vayas a ir con alguien que tome, porque me han dicho que esa carretera es muy peligrosa”. Para calmarla le dije: “No te apures, son unos periodistas ya mayores, muy responsables”. En el entronque de la población chiapaneca de Salto de Agua nos detuvimos a desayunar unas empanadas. Hasta ahí todo iba muy bien. Hasta que Aguilar me dijo: no me tardo, y salió de la lonchería. Al rato regresó con un poco de latas de cervezas, engarzadas como si fueran cangrejo. “Te vas a echar unas cervezas”, le pregunté. “Sí, no te preocupes, cuando tomó manejo mejor”. Respondió y todavía agregó. “Bartolo trajo su guardadito”. Sonriendo en el asiento de adelante, Bartolo sacó una pachita de coñac, según me dijo, y volteando así al siento de atrás, me indicó: “Sólo le voy a dar unos besitos”. Habíamos avanzado unos cinco kilómetros cuando Aguilar me pidió que le pasara una botella de agua que, efectivamente, llevaba en la silla trasera y me dijo que la abriera. “¿Vas a tomar agua?, ¿pero si estás tomando cerveza?”, pregunté intrigado”. Apenas pasé la botella comenzó a echarse agua en la cabeza: “es que así no me da sueño”. Al regreso siguió la misma operación, Aguilar tomando cerveza y echándose agua en la mollera, hasta empaparse totalmente. Mientras que Bartolo, de besito en besito, se acabó la pachita. Al llegar a Villahermosa, me despedí, ambos periodistas me respondieron con voces, que pareciera que tuvieran un corozo trabado en la boca, por lo que apenas pisé tierra, di gracias a Dios.

 
 
 

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