Reportajes

Una visión Asesinada

› Don Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”

Hernández Galicia, cuando era el líder indiscutible de los trabajadores petroleros en todo el país

José M. Hernández León

I PARTE

Cuando el perverso sicópata llamado Carlos Salinas de Gortari, tramó la caída de la “Quina” aquel diez de enero de 1989, tenía necesidad de aquel golpe perverso, dada la ilegitimidad de su gobierno producto de un fraude y para satisfacer lo más sórdido de su asquerosa mente; y la población, nosotros, sin que hubiésemos creído en todo aquel montaje retorcido, sólo pensamos en que se había terminado un “cacicazgo”.

Y eso era precisamente lo que el oficialismo quería que el pueblo creyera y aplaudiera. La verdad, los líderes seccionales corrompidos por el poder y la ambición por el dinero, abonaron el campo para aquella infamia; no para acabar con sus corruptelas, sino para terminar el liderazgo de un hombre que había demostrado con hechos, cómo organizadamente, los obreros podían contribuir a la producción de alimentos agropecuarios y otros productos creando pequeñas fábricas; pues el agro nacional, solo ha servido para la elaboración de discursos y programas fabricados por mentes burócratas alejadas de la realidad.

Han transcurrido 20 años de aquel acto perverso, aberrante, asqueroso y el pueblo en sí, nunca llegó a comprender, que aquel hombre marcado por la vida para ser grande entre los grandes sin haber llegado a terminar la instrucción primaria, había ido levantando contra viento y marea; entre acechanzas y traiciones; otras veces con la aparente aprobación del presidente de la República en turno, un imperio que tenía como meta final el beneficio de la clase menos privilegiada; entre ellos el gremio al que pertenecía: El petrolero.

Cuando el más perverso, el más nefasto, el más ruin, el más traidor de los presidentes que este país ha tenido, después de Santa Ana, el diabólico Carlos Salinas cometió la vileza de llevar a las puertas de su casa al ejército y a las fuerzas federales, para sembrarle un muerto, armas y municiones, ese día fue “asesinada la visión” de un auténtico líder. Y ese día como los perros que se alimentan de despojos, el ejército una vez más, demostró su complicidad con la barbarie y su proclividad a la sevicia. Y es que como dijera Jesús Ross Salmerón, un jubilado de Pemex que no oculta su admiración por “la Quina”: “Don Joaquín pensó en todo para mejorar al gremio: mejores salarios; mejores prestaciones; en sus viejitos y en todo lo que fuera mejoras para nosotros, pero nunca pensó en cómo protegerse de algo tan puerco como lo que le hicieron”.

Pero como dicen que dijera el único Madrazo digno de ser recordado y respetado por el tabasqueño: Don Carlo Alberto Madrazo Becerra que “los malvados no piensan, traman”; ese cerdo apellidado Salinas ya había tramado la barbarie en contra de todo un sueño; “una visión” que se iba haciendo realidad.

Nadie que no conozca un poco de la personalidad de Joaquín Hernández Galicia, podrá entender la dura lucha que sostuvo en contra de los intereses creados. Desde muy joven entendió su responsabilidad de hijo, en un hogar que no era hogar, ante una madre que se esforzaba para proveerle de lo necesario. Desde muy joven, cuando hubo encontrado un trabajo como obrero en la industria petrolera, sus compañeros reconocieron sus cualidades de líder aguerrido, de hombre honesto; de hombre congruente con sus principios y confiaron en él; desde muy joven, y ya con responsabilidades delegacionales, sufrió los primeros golpes por defender el derecho de sus representados. Así se fue forjando; así fue conociendo los entresijos de un sindicalismo, al que le llegaría a imprimir una nueva connotación. La expropiación petrolera estaba recién consumada. El sindicalismo en una industria recién nacionalizada se había dado estatutos, pero el ansia de poder para ocupar los cargos de dirección, no conocía reglas para que en las asambleas en las que elegían a sus dirigentes no terminaran en zafarranchos y muertos.

Una asamblea de esas marcó en su juventud, al que sería uno de los líderes de mayor renombre; no únicamente en México, sino en muchos países del mundo y principalmente en Latinoamérica. Tal vez, antes de aquella asamblea que terminó con dos obreros muertos y otros heridos, al joven Hernández Galicia no le interesaban las luchas sindicales, dado que su pasión era el deporte del Beisbol, pero a partir de esa fecha, tuvo consciencia de la necesidad de cambiar aquel sistema bárbaro de dirimir sus diferencias sindicales, que solo dejaban luto en los humildes hogares de los obreros.

La violencia inter sindical no ayudaba a consolidar los derechos y las aspiraciones de los obreros y trabajadores petroleros; los intereses políticos en las altas esferas del poder, se esmeraban en corromper a los dirigentes para así tenerlos divididos. No importaba cuántos muertos hubiese en las asambleas. En la industria petrolera laboraban miles de trabajadores y esos miles significaban votos al partido en el poder; así pues, era necesario mantener el control del Sindicato; de una industria que ya no era el botín de empresarios extranjeros, ahora era el botín de los administradores sexenales.

El petróleo era y sigue siendo la columna vertebral de la economía nacional; extraer petróleo era de urgente necesidad para contar con divisas suficientes; el desarrollo del país las necesitaba, teníamos deudas con el exterior y había que pagar; de ahí que cada presidente de la República, se apoyara –y se apoya- en el petróleo para la buena marcha de su gobierno. Los trabajadores petroleros tenían que cumplir con los objetivos de las autoridades gubernamentales; independientemente de las condiciones laborales; con equipos viejos y en mal estado, lo que repercutía muchas veces en tragedias y con pérdidas humanas, como consecuencia de la negligencia de una burocracia administrativa que como hasta hoy, ignoran todo lo relacionado con la industria de la que ellos mismos se enriquecen y que ocupan cargos de dirección y gerenciales, solo por amiguismo y compadrazgo.

La lucha sindical en México, ha sido la lucha por un derecho que siempre ha sido mediatizado y en muchas ocasiones negado; en otras, la represión oficial como respuesta a las demandas obreras y el encarcelamiento a sus líderes, como sucedió en el gobierno de López Mateos con Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Othon Salazar y otros.

El sindicalismo como un derecho de los trabajadores, solo se ha dado bajo la tutela del gobernante en turno, mediante la rectoría de un gobierno que lo necesita para justificar su existencia como un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Para el control de la masa trabajadora, nada mejor que una central única, poderosa como lo fuera la Confederación de Trabajadores de México (CTM), y un líder único, eterno, que vivía en la opulencia y delegaba parcelas de poder a líderes mediatizados. Pero, ¿Cuál era la visión de largo alcance de aquellos liderazgos para sacar a los trabajadores de sus miserias? ¡No!, no había tal visión, más bien su misión era tener y mantener la sumisión del trabajador ante el poder supremo.

Sin embargo, Joaquín Hernández Galicia si tuvo una visión: que al menos su sección sindical tuviera, gozara de autonomía sindical y que tuviera autonomía económica que se reflejara en sus agremiados. “La Quina” Hernández Galicia, el hombre que solo logró llegar al quinto año de educación primaria, tenía una idea muy clara de lo que son los rejuegos del mercado; los topes salariales y las fluctuaciones entre la oferta y la demanda: a mayor demanda, más caro, a mayor oferta, más barato; de ahí, que al entrar de lleno a la lucha sindical, su programa de trabajo incluía la autosuficiencia alimentaria y otras áreas de consumo necesario como la ropa y el calzado. De ahí pues su frase: “quieres comer barato, prodúcelo; quieres comer caro, cómpralo”.

El sueño de “la Quina” se fue haciendo realidad, las tiendas de consumo proliferaron, las granjas productoras de leche y carne, los productos del campo eran producidos por y con el apoyo de los sindicatos; el sindicato le prestaba a los campesinos para hacer producir sus tierras y estas producían. Miles de hectáreas eran cultivadas para abastecer las tiendas de consumo del STPRM. También la vivienda era parte de los servicios que recibían los trabajadores petroleros; así como las cajas de ahorro con bajos intereses. La fuerza de “la Quina” como líder indiscutible estaba en los hechos, en el beneficio que recibían los trabajadores al servicio de la paraestatal.

La fuerza de “la Quina” estaba en su forma de ser y de vivir; vivía en la medianía de un líder que ponía el ejemplo, pero que muy pocos líderes de otras secciones, ó tal ninguno de las demás seguían su ejemplo. Para los demás era la opulencia, el despilfarro; la lucha por el poder, por el poder mismo, el alcohol y las mujeres; en tanto que para Hernández Galicia “la Quina”, su pasión era demostrar cómo se podía salir del atraso alimentario en que siempre ha vivido este país; cómo hacer que al obrero le rindiera su salario.

La lucha de “la Quina desde sus primeras incursiones en el sindicalismo, fue para que el trabajo se repartiera de manera equitativa, para que las mujeres no tuvieran que acostarse con los jefes para obtener un contrato; para que los trabajadores viejos que por su condición de eventuales, pero con más de 30 años de servicio en Pemex pudieran jubilarse y también que gozaran de todas las prestaciones y para que nadie tuviera que pagar para obtener un contrato. Pero nada de esto pudo haberse obtenido en medio de un gremio que vivía en constantes conflictos por el control de las secciones, y para ello se constituyó el Grupo Unificador Mayoritario. Sin este grupo, el sueño de “la Quina” no se hubiese realizado; en torno a ese grupo giraron sus ideas; en torno a ese grupo caminaron los que creyeron que podían ser más que un obrero al servicio de una empresa, y lo lograron. Y pudieron haber hecho toda una revolución económica y social; pero la política en este país, no únicamente mata derecho, también mata progreso.

Joaquín Hernández Galicia, ó fue un adelantado de su tiempo, ó nació en el lugar equivocado

Cuando ese vil y asqueroso ser conocido como Carlos Salina de Gortari , tramó y consumó la destrucción de ”la Quina” aquel fatídico 10 de enero de 1989,sus enemigos, aun los que solo de oídas hablaban de la corrupción del gremio petrolero, aplaudieron aquel acto ruin, perverso, asqueroso. Nadie pudo imaginar toda la sevicia, toda la maldad que aquel acto bárbaro encerraba.

La tortura y la humillación como método en contra de los más cercanos a Don Joaquín, sin respetar a las familias, peor que delincuentes fueron arrastrados al campo militar número uno. Tenían que confesar que “la Quina” había matado a un agente del ministerio público federal, que luego se supo, había sido asesinado 48 horas antes; que tenía en su poder cientos de armas exclusivas del ejército con miles de cartuchos útiles; que era un lavador de dinero sucio y que era poseedor de fortunas incalculables.

El ejército,” en una más de sus hazañas para salvaguardar la soberanía nacional” fue el brazo ejecutor de tal infamia y el Campo militar # 1, el teatro del terror como lo fue en 1968 cuando se dice que cremaron a decenas ó tal vez centenas de estudiantes asesinados en Tlatelolco. Tal vez ahí quedo mi amigo Benito Montiel Carrasco, estudiante de preparatoria como yo, en la prepa # 3, “Maestro Justo Sierra”, que nunca apareció después del 2 de octubre. Aun los que siempre se habían revolcado en el océano de la corrupción se volcaron en aplausos al perpetrador de aquella infamia; las plumas oficiosas tuvieron todo el estiércol disponible para derramarlo sobre la figura de un hombre sobre el cual pesaba todo el poder ignominioso de un Estado corrompido por un miserable.

Más tarde, ya imposibilitado para defenderse, vendrían otras tantas acusaciones de crímenes en contra de otros tantos líderes petroleros. Las mieles de los triunfos sindicales de “la Quina”, resultaron pequeñeces ante todo el caudal de infamias que cometieron en su contra y de su familia y de sus más allegados. Pero en medio de todo ese dolor, llegaban personas a solidarse con su injusta y diabólica situación.

¡“La Quina” ha caído!, ¿se acabó la corrupción? ¡No!, “la Quina” no cayó por corrupto, cayó porque nunca doblegó la cabeza defendiendo sus derechos, que eran los derechos de los trabajadores; cayó, porque tenía la convicción que al gobierno del país estaba llegando una camarilla de sinvergüenzas vende patria cuya cabeza visible era el gris de Miguel de la Madrid y que le preparaba el camino a su sicópata delfín, el perverso y diabólico enano Salinas de Gortari, cuya finalidad era acabar con todas las empresas del Estado, pero que en realidad, el objetivo principal era el Petróleo.